viernes, 10 de mayo de 2013

Del hubiera al por qué no ahora

He tenido la inquietud de estudiar documentales desde hace mucho tiempo. Y por alguna razón llevaba aplazando esta idea hasta el punto de dejarla casi en el olvido.

Creo que en algún momento llegué a decir “En mi otra vida voy a hacer documentales”, como si algo superior a mí me lo impidiera o como si este hecho fuera ya imposible por compromisos laborales que yo misma me había impuesto.

Desafortunadamente no fue el único interés que dejé de lado al estar involucrada en un proyecto corporativo bastante demandante y fue hasta que finalmente tomé decisiones importantes que cambié la frase “En mi otra vida voy a…”, en la que entraban infinidad de proyectos imaginarios, por la pregunta “¿Y por qué no ahora?”, donde descubro poco a poco proyectos cercanos y reales.


Siguiendo mi nueva teoría de vida de dejar de pensar en el “podría” o “en algún momento”, tomé una decisión hace unos cuantos meses que me ha hecho replantear la perspectiva de lo imposible por lo posible, alejándome del mundo de los “hubiera”.

¿Quién hubiera pensado que sólo necesitaba dar unos cuantos clics para aplicar, y claro, administrarme bien para ahorrar lo suficiente, para al fin decidirme a estudiar documentales?

Mañana parto para Cuba, me voy a un taller de verano de la EICTV, mejor conocida como la San Antonio de los Baños, a estudiar realización de documentales, siguiendo una de las metas de mi vida. No estoy segura si en realidad en algún momento vaya a hacer documentales en serio, pero me quedo tranquila de que al menos estoy actuando en mi presente y respondiendo mi nueva pregunta favorita: ¿Y por qué no ahora?

jueves, 9 de mayo de 2013

Mis letras de vuelta al mundo impreso

Hoy me publicaron. Después de siete años mis letritas de opinión vuelven al papel prensa y se hospedan en el nuevo periódico de Monterrey, El Horizonte.

Todavía me acuerdo cuando salió mi primer artículo hace más de 13 años cuando era parte de los columnistas de Proyecto Familia para la sección Vida de El Norte. Ese lento reaccionar de formar ideas, pasarlas a una hoja de Word y luego verlas en un pedazo de papel que se puede tocar y que no imprimí yo es algo que nunca me dejó de sorprender en los seis años que colaboré en ese espacio.

Mi capacidad de asombro se mantuvo también cuando fui editorialista invitada en el periódico Las Provincias, de Valencia, España, por un par de meses con la columna "Ahorita nos vemos", que salía los domingos durante el verano de 2005, y que guardo como una de mis experiencias y tesoros más preciados.

Muchos años más tarde, vuelvo a las andadas con la diferencia que, ahora sí, mi columna se llama como mi querido blog en el que escribo desde hace cinco años. Voy a salir los domingos y quizá algún día entre semana, como hoy.

El Horizonte, sección Escena, página 9E
Ésta fue mi primera entrega en Silencio de menta:  

¿El pasado siempre es mejor?

Publicado en la página 44 de la sección Escena de El Horizonte [edición impresa].

Lo escucho en conversaciones con amigos y en las sobremesas de desconocidos. Lo leo en medios de opinión, en muchísimos artículos y en redes sociales: “Antes era mejor”, decimos con nostalgia mientras recordamos cualquier experiencia del pasado, cuando las cosas eran más fáciles, o más divertidas, o más tranquilas, o más espontáneas.

Hace poco, en una reunión de amigos empezamos con el tradicional “¿Te acuerdas de…?” para sacar a relucir anécdotas de la carrera que nos sacaron varias carcajadas durante la tarde. ¡Qué fácil se veía todo! Simplemente ibas a clases y no te preocupabas por nada más.

Justo cuando estaba por pensar el “antes era mejor”, una alerta interna me hizo acordarme de otras historias que había dejado de lado: no me acordaba del estrés en los trabajos finales, las desveladas y frustración por no concluir proyectos justo como lo tenía planeado, tener que estudiar materias de relleno, que las noches de trabajo se fueran al traste por no haberle dado “Save” a tiempo y muchísimas otras experiencias de cualquier universitario.

¿Por qué suponemos que el pasado fue mejor? Pareciera que el pasado se apoderara del pensamiento colectivo para dejar un sentimiento de apatía, que luciría justo como los emoticons sin expresión alguna =/

Y muchas veces, una sola anécdota del pasado se convierte en algo que pensamos que solíamos hacer siempre. “¿Se acuerdan cuando nos íbamos todos al Chacho’s saliendo de clase?”. En realidad, creo que fui dos veces, pero en mi memoria queda más bonito decir que siempre lo hacía. Y así es como cambiamos nuestros recuerdos del pretérito simple al copretérito. O lo que es lo mismo, cuando suelo decir: “Cuando jugábamos futbol, siempre nos pasábamos a los tacos”, en lugar de “Jugué dos meses futbol y un par de veces fui a los tacos”. Cuestión de gramática acompañada de memoria selectiva.

¿No será que idealizamos el pasado y que incluso le damos más poder que cuando ese pasado era justamente nuestro presente?
 

lunes, 22 de abril de 2013

Microsegundos y el supuesto destino

Nunca se lo he contado a nadie. Pero me he estado acordando mucho de un instante que parecía inofensivo, y que creo que pudo haber sido uno de los instantes más importantes de mi vida, o quizá no.

Tenía como 13 años y estaba en esa fase rebelde e independiente de regresarme de la escuela a la casa en camión urbano, en lugar de que fueran mis papás por mí.

El trayecto solía ser entretenido, algunas risillas con mis compañeras y mi satisfacción de sentirme autosuficiente enmarcaban el viaje que recuerdo como nada fuera de lo común, con excepción de una particular tarde.

Estábamos muy tranquilas sentadas en el camión. Llegamos a la parada destino, nos pusimos de pie y nos dirigimos a la salida, mientras seguíamos jugueteando por no sé qué comentario que había dicho cierta maestra en el colegio. Esperé a que se detuviera el transporte y al ser la primera del grupo, me bajé del camión dando un pequeño brinco.


Interior de camión en Cd. México |  midiariourbano.blogspot.mx
Todavía me acuerdo del segundo en el que estuve entre el camión y el piso de concreto cuando sentí el aire de una motocicleta que había pasado entre el transporte y la banqueta justo unos microsegundos antes de que yo me bajara.

Mi corazón empezó a latir tan fuerte que hasta me dieron ganas de llorar. ¿Cómo no me asomé antes de bajarme? Y lo más importante, ¿qué habría pasado si me hubiera bajado un par de segundos antes? 

En realidad no pasó nada, pero mientras caminé a casa se me vinieron muchísimas imágenes a mi mente de lo que pudo haber pasado, hasta que por salud mental decidí bloquearlo y dejarlo en el olvido.

Llevo más de un año que traigo rondando esa escena, aunque estoy segura de que no es para martirizarme, ni dármelas de víctima en potencia, sino por el eterno dilema ése que habla de que las cosas pasan por algo.

Si me hubiera bajado dos segundos antes no sé qué habría sido de mí. Me acuerdo que la moto era muy grande, aunque quizá la magnifiqué con el paso del tiempo y quizá sólo habría sufrido algún brazo fracturado, o no. Pero no pasó nada.

Así como cuando dicen que las tragedias pasan por una razón… ¿será que los momentos de suerte también tienen un objetivo específico? O quizá sólo pasan porque sí y nosotros les damos la percepción que nos da la gana… Mi conclusión de esta duda existencial por lo pronto es que lo más importante al viajar en camión urbano es aprender a voltear para los dos lados antes de bajarse.

domingo, 31 de marzo de 2013

Del backstage al escenario con mi sax

Ve el video: Cuando toqué con Viento Roots

Llegué a una casa en el Barrio Antiguo de Monterrey y me recibió un integrante de la banda Viento Roots. “Estamos por empezar a ensayar”. Casual, saqué el sax, la partitura y esperé a que iniciaran con la canción que llevaba casi una semana practicando. Al parecer, estaba lista para el día siguiente, el día en el que por primera vez mi saxofón y yo nos íbamos a subir a un escenario ante cientos de desconocidos.

El viernes por la tarde volví a practicar la canción. Nada complicado: re, fa, mi, do, re, fa, mi, do, la, fa, mi, do, re, mi, fa, sol... Nada de sostenidos ni bemoles, una sencilla escala de do natural. Llegué a la Arena Santa Lucía y mi corazón empezó a latir más fuerte cuando pasé por una entrada lateral y me preguntaron “¿Vas a tocar? Entras por aquí”. Traté de mostrar naturalidad, pero casi estoy segura de que no lo logré cuando dije “Sí, voy a tocar”, en punto de las 8 de la noche.

Enseguida me encontré a mi maestro de sax, saxofonista de la banda y quien nos invitó a una compañera de clase y a mí a participar en la canción “Sale el sol” en ese concierto. Faltaba una hora y media para salir a tocar, así que tuve el suficiente tiempo para asimilar que estaba en el backstage como parte de una banda musical, como tocada previa al concierto de los grandes Skatalites.

Viento Roots afinando para su presentación.
Faltaba media hora cuando sacamos los instrumentos y empezamos a afinar. “Dame un sol”, me dijo el trombón. “Dame un do”, afinamos en pocos minutos los dos saxofones amateur, el saxofón tenor y el trombón: los vientos ya estábamos listos.

Sólo por no dejar, empecé a tocar de memoria las primeras notas. Re, fa, mi, ¿sol?, ¿do?, ¿re? Y sí, a pocos minutos de empezar olvidé las notas. Sabía que tendría la partitura frente a mí, pero sentía que iba a tener un problema de digitación. Los malditos “¿y si…?” me empezaron a bombardear, mientras mi maestro de sax me contaba lo precavido que aprendió a ser por tantas anécdotas en presentaciones pasadas.

“Siempre traigo un clip grande para que no se vuelen las partituras, hay que traerlas entre plástico y una linterna o dos linternas por si no hay mucha luz en el escenario, para poder leer bien las notas”, repasé sus tips en la mente y lo escuché detenidamente para distraerme de lo inevitable.

A las 9:30 de la noche, la banda se subió al escenario. Sólo era cuestión de esperar, mi compañera y yo debíamos estar listas para subir en la quinta canción. Comenzaron a tocar y el vocalista empezó a animar a los más de mil asistentes.


Natalia y yo esperando nuestro turno | Foto: Maye Lion

Durante las cuatro canciones previas, sentía mi corazón palpitar y, como en todas las situaciones de nervios, me dieron ganas de ir al baño. Mis dedos parecían mangueras de agua y no paraba de limpiarme. “Si se me resbalan los dedos en el sax, ya valió”. Empecé a respirar profundamente y se terminó la cuarta canción.

Subí las escaleras con cuidado de no caerme, mis nervios me podían traicionar en cualquier momento y justo cuando la luz me hizo entrecerrar los ojos, todo desapareció y empecé a percibir el momento en una especie de cámara lenta.

Escuché el sonido de las baquetas que daban inicio a la canción, la partitura estaba más clara que nunca y mis manos dejaron de sudar. Saqué un buen sonido en mis primeras notas y me dejé llevar. Me asomé a ver al público y parecía bailar, traté de buscar a mi intenso entre la audiencia pero obviamente no lo encontré, noté cómo formaba parte de una melodía y de un momento único para mí. Los “¿y si…?” se quedaron abajo del escenario.

Tocando "Sale el sol" con Viento Roots | Foto: Emilio Sugarman

El ritmo de la canción y la adrenalina por ver a tanta gente me hizo querer tocar más fuerte y no niego que me cruzó por la mente empezar a brincar como loca por todo el escenario. Fueron de los pocos 4 minutos y 10 segundos de mi vida que me parecieron justamente 4 minutos y 10 segundos, ni más ni menos.

Al terminar la canción, el vocalista amablemente mencionó nuestra participación y sin pensarlo, alcé mi brazo, sintiéndome Rambo por un momento. Bajamos del escenario y el primer comentario a mi compañera fue “¿A poco ya tocamos?”, como si lo que recién había pasado hubiera sido un sueño. Al parecer no fue sólo un sueño, ¿o sí lo fue?

Ve el video: Cuando toqué con Viento Roots

viernes, 22 de marzo de 2013

Cuando Murphy y los demás me oyeron tocar sax

Mi rutina para practicar saxofón suele ser casi siempre la misma: Tomo el maletín, las partituras y la laptop del estudio, los llevo a mi habitación, abro el maletín, saco la boquilla, el cuello y el cuerpo para embonarlos; justo cuando me pongo la correa en el cuello, mis gatos se dan cuenta de lo que viene y huyen despavoridos al lugar más alejado que encuentran, me acomodo el sax, empiezo con notas largas y continúo con la tarea del día.

Estos días han sido un poco diferentes. El nuevo reto es sacar la melodía de oído de una canción como parte de una especie de audición en la que estoy por participar. Recién saqué la melodía e intenté escribir la partitura y hoy la voy a practicar. En la prueba me van a tantear para ver si puedo acompañar a los vientos en una canción del grupo Viento Roots, que le abre a una banda en un concierto.
Viento Roots, banda regiomontana de reggae mexicano

Mientras inicio las notas largas, me percato de que no estoy sola en la habitación. Giro mi cabeza y veo a cuatro personajes sentados en la cama. No se presentan ni dicen palabra alguna, pero por alguna razón yo sé quiénes son, aunque no los haya visto nunca en mi vida. Ahí, como si nada, Murphy, la atracción, el efecto mariposa y el azar se me quedan viendo fijamente en silencio, como esperando que no los cuestione de nada.

El mensaje me queda claro, si no quieren hablar, pues que no hablen, por lo que me volteo y continúo leyendo y sacando puras notas largas como calentamiento.

“Para qué ensayo, si como quiera a la mera hora me voy a poner tan nerviosa que me voy a equivocar”, ¿será que el lado de la mantequilla del pan es mi error garrafal por una mala embocadura? Tanta inversión de tiempo en algo que al final no va a salir.

¿O quizá si lo decreto en positivo desde antes de ensayar, como si le estuviera agradeciendo al universo por lo que quiero que pase y me visualizo ya arriba del escenario, tocando con la banda, como toda una pro sin error alguno? Claro, y practico como loca en estos días. La ley de la atracción me guiña un ojo.

Mi sax, mejor conocido en el ensamble como Emilio.

Mientras empiezo ya a practicar la canción de tarea, el efecto mariposa me comienza a señalar todos los pequeños detalles casi insignificantes de los que dependería la decisión del “jurado”: alguna tecla movida de mi sax, el buen o mal humor del grupo cuando toque, que pase algo y no llegue a tiempo, la cancelación de la tocada, un nerviosismo extremo, que se arrepienta el que me invitó -que es mi maestro de sax-, que haga una presentación impecable, tener una semana tranquila de proyectos para dedicarle más horas al ensayo…

Justo cuando el azar está a punto de mostrarme la relatividad de los factores y la casualidad inmersa en todas las situaciones de mi vida, abro la puerta y con un ademán los invito a salir de mi cuarto.

Sin ningún pensamiento que me distraiga de mi objetivo, comienzo a revisar mi embocadura, a respirar conscientemente y a continuar con una tarea que de análisis no tiene nada, sólo de dejarse llevar. ¿Lo lograré o no? Sepa, lo único de lo que estoy segura es que después de esta semana, ya voy a saber tocar una canción más.

Aquí la canción que practico: "Sale el sol" de Viento Roots.