martes, 7 de agosto de 2012

Avisos de ocasión: Se busca…


Y empiezan a sonar las sirenas de la ciudad. La luna se convierte en faro y empieza la búsqueda implacable por toda la localidad. El pueblo entero decide de una vez por todas ir por él.

Algunos se asoman debajo de su colchón y rincones de sus casas, los más escrupulosos retoman de sus escondites microscopios, lupas y linternas y salen a buscar. “¿Pero de qué tamaño es?”, dicen unos cuantos en voz baja, no vayan a parecer demasiado ingenuos.

El nivel de emergencia ha llegado a tal grado que la ciudad está paralizada, y no es para menos, ya que empresarios, amas de casa, padres de familia, adolescentes, artistas, pensadores, religiosos, científicos, músicos, oficinistas, deportistas, solteros, casados, divorciados y viudos lo necesitan con desesperación porque es la clave de su éxito. O eso dicen.

 
En todas las situaciones del quehacer diario, lo imploran. ¿Pero dónde puede estar? Ese estado con el que termina la mayoría de las discusiones en las que se disputan polos opuestos, como para evitar seguir con el tema. “Pero bueno, al final mientras lo tengamos –o lo intentemos tener o digamos que lo intentamos tener al menos-, está bien”.

Algunos dicen que es sólo un mito, un cliché posmoderno y que nadie lo va a encontrar. No es como si fuera la felicidad, que en algún momento, sin aviso de por medio, llega un día cualquiera para quedarse un par de horas, o días o semanas o meses. “Estoy feliz”. No, esto no es así porque nadie se asume en ese estado que casi nadie encuentra, aunque lo esté. ¿Será porque no existe?

O quizá sólo sea cuestión de dejar de buscar, dejar de ubicarlo como utopía, dejar que fluya y aprender a soltar.

Equilibrio, ¿dónde estás?